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La IA puede simular una voz. ¿También una identidad?

Durante años pensamos que la tecnología transformaría la forma de trabajar.

La velocidad de acceso a la información.

La productividad.

Los modelos de negocio.

Y, sin duda, lo está haciendo.

Pero la inteligencia artificial nos lleva a una pregunta diferente.

Una pregunta que va más allá de la tecnología.

Hoy una IA puede clonar una voz.

Imitar un estilo de escritura.

Generar imágenes realistas.

Simular conversaciones.

Incluso reproducir rasgos que muchas personas consideran parte de su identidad.

Entonces aparece una pregunta inevitable.

Si una máquina puede simular cada vez mejor los atributos humanos, al punto tal de generar confusión, ¿qué es lo que realmente nos hace únicos?

La cuestión parece tecnológica.

Pero es más profunda.

Porque el problema no consiste únicamente en que una voz pueda ser clonada.

El problema es que comenzamos a descubrir que muchas de las ideas con las que interpretábamos la realidad ya no alcanzan para comprender lo que está ocurriendo.

¿Estamos frente a un problema de propiedad intelectual?

¿De ciberseguridad?

¿De comunicación?

¿De reputación?

¿De identidad?

El tema tiene varios aspectos y es más profundo. Estamos ante un fenómeno que exige integrar conocimientos que habitualmente usamos por separado.

Y ese desafío no es tecnológico, es humano.

La pregunta clave es cómo fortalecemos aquello que nos permite pensar, decidir y crear con autonomía y criterio propio.

Un cambio de paradigma

La mayor parte de las organizaciones todavía piensa la seguridad desde una lógica tradicional.

Se protegen los activos físicos.

Se protegen los activos digitales.

Se protegen los datos.

Sin embargo, pocas están pensando en un nuevo tipo de activo.

La identidad.

No solamente la identidad legal.

La identidad reconocible.

La que genera confianza.

La que permite que otros sepan quién habla.

La que sostiene reputaciones construidas durante años.

Porque cuando una voz puede ser clonada con facilidad, la pregunta ya no es tecnológica.

Es estratégica.

El verdadero riesgo

Muchas veces se presenta el tema como si fuera exclusivo de celebridades.

Actores.

Cantantes.

Influencers.

Sin embargo, el impacto potencial es mucho más amplio.

Un profesional puede ver su voz utilizada para afirmar algo que nunca dijo.

Un directivo puede aparecer anunciando una decisión inexistente.

Un especialista puede ser asociado a ideas opuestas a las que sostiene.

El daño no surge solamente de la falsificación.

Surge de la erosión de la confianza.

Y la confianza es uno de los activos más difíciles de construir y más fáciles de destruir.

La identidad como activo intangible

Durante décadas las organizaciones aprendieron a proteger marcas.

Registraron nombres.

Logotipos.

Dominios.

Diseños.

Pero la inteligencia artificial obliga a ampliar la mirada.

La voz puede convertirse en un activo.

La forma de comunicar puede convertirse en un activo.

La identidad sonora puede convertirse en un activo.

La presencia digital puede convertirse en un activo.

Y cuando algo se convierte en un activo estratégico, aparece una pregunta inevitable:

¿Cómo se protege?

Más allá de la propiedad intelectual

La respuesta no puede limitarse al derecho de autor.

Tampoco alcanza con el derecho marcario.

Ni con la protección de datos.

Ni con la ciberseguridad tradicional.

Estamos frente a un fenómeno que integra dimensiones económicas, sociales, jurídicas, tecnológicas, organizacionales y humanas.

Y los fenómenos, ante todo se observan y requieren de nuevos abordajes.

Liderar cambios en un contexto sin antecedentes

La clonación de voces, los contenidos sintéticos y las nuevas formas de suplantación de identidad son apenas manifestaciones visibles de un fenómeno más profundo.

Las reglas están cambiando.

Los enfoques tradicionales resultan insuficientes.

Y las respuestas todavía están en construcción.

En este contexto, liderar cambios no consiste en aplicar recetas.

Tampoco en seguir modelos prediseñados.

Implica desarrollar la capacidad de observar contrastes, integrar perspectivas y generar nuevas respuestas frente a situaciones para las cuales todavía no existen soluciones establecidas.

Se trata de un proceso humano.

Puede ser guiado.

Pero no puede ser delegado.

Porque la autonomía no se recibe.

Se desarrolla.

Estamos incorporando una tecnología inédita, sin haber desarrollado todavía mecanismos para proteger la identidad, la confianza y la autenticidad del ser humano.

Lo automático, dejalo para la IA.

En lo humano, liderá cambios.

Silvia Pirraglia

Creadora de Clínica de Ideas

Agente de la Propiedad Industrial

M 2362 INPI

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