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Claridad es detectar humo antes de que te asfixie. En tiempos de exceso de discurso, el criterio es una ventaja competitiva.

Hace poco evalué una posible alianza con alguien que produce contenidos audiovisuales con IA.

Profesional activo. Energía. Velocidad. Manejo tecnológico fluido.

Todo empezó bien.

Hasta que corrí la conversación hacia algo menos seductor que la herramienta:

criterio, límites, decisiones.

Ahí apareció el silencio.

No hubo conflicto.

No hubo desacuerdo explícito.

Hubo evasión.

Y eso fue suficiente.

El problema no es la tecnología. Es el humo.

Hoy casi todo puede producirse. Automatizarse. Simularse.

Lo escaso no es la capacidad de hacer.

Es la capacidad de discernir.

Claridad no es una cualidad estética.

Es una práctica estratégica.

Implica:

•          iluminar lo implícito,

•          separar hechos de narrativa,

•          detectar entusiasmo sin sustancia,

•          nombrar la decisión real que nadie quiere formular.

Eso incomoda.

Y no todos están dispuestos a tolerar la incomodidad que implica cambiar.

La pregunta que acelera todo

Hay una pregunta que uso como filtro en alianzas y proyectos:

¿Qué no harías, aunque la tecnología lo permita y el cliente lo pague?

La mayoría puede hablar de lo que haría.

Muy pocos tienen claro lo que no.

Esa diferencia marca la distancia entre producción y criterio.

En innovación, saber frenar es tan importante como saber avanzar.

El valor de cruzar generaciones (cuando hay criterio)

Interactuar profesionalmente entre distintas generaciones es una ventaja real —si se usa bien.

No por corrección política.

Sino porque cada generación trae:

•          distintos mapas mentales,

•          distinta relación con el riesgo,

•          distinta naturalización de la tecnología,

•          distinta tolerancia a la ambigüedad.

Cuando el intercambio es honesto, se produce contraste.

Y el contraste bien gestionado mejora decisiones.

Pero eso exige algo incómodo:

capacidad de argumentar, no solo de ejecutar.

Si el diálogo no soporta preguntas sobre límites, entonces no es intercambio generacional. Es entusiasmo compartido.

Y el entusiasmo compartido no siempre es criterio.

El mito del asesor cómodo

Se suele criticar a los asesores.

Pero muchas veces lo que se critica es la asesoría complaciente: la que valida, acompaña y no tensiona.

La claridad verdadera no es decorativa.

Reduce riesgo.

Evita decisiones impulsivas.

Evita alianzas inconsistentes.

Evita proyectos inflados.

Y sí, puede generar fricción.

Pero la fricción bien gestionada es energía.

No conflicto.

En contextos complejos, el talento no alcanza.

Tampoco alcanza la tecnología.

Lo que marca la diferencia es el criterio.

La claridad no es un rasgo personal.

Es una práctica.

Es la capacidad de detectar humo antes de que se convierta en decisión.

De separar entusiasmo de fundamento.

De asumir el costo de elegir.

Cuando se ejerce con rigor, cambia decisiones.

Y cambiar decisiones cambia resultados.

La claridad no promete brillo.

Promete dirección.

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